A través de las ventanas

¿Hay una comunicación posible sin que medien pantallas? En Villa Santa Rita proponen buscarla en ventanas y veredas.

Por Mariela Rodriguez

(Vínculos Vecinales) En una ventana abierta a Juan Agustín García, suculentas respiran un poco de sol santarritense y un cartel invita: “si te gustan, podés llevarte una”. De la tierra al cielo, en el pasaje Dedico una rayuela reluce sus nuevos colores. En frente, sobre Elpidio González, una tímida tiza dibujó lo mismo del uno al diez.

Hacia el norte del barrio, se escucha a contraluz la voz de un cantor. “Para que a cada paso una mañana o una emoción o una contrariedad nos reconcilien con la vida pequeña”, mientras el viento mece unos poemas que cuelgan de las ramas de un árbol. A pocas cuadras, un pavo real presume sus plumas de hierro.

Venta de arte Santa Rita

Otra comunicación es posible

Desde marzo de este año, o quizá desde antes, Antonia García lo venía imaginando. Socióloga, editora y traductora, estaba buscando armar experiencias que no tuvieran que ver con las pantallas a las que nos destinó forzosamente el confinamiento. “La idea era encontrar alguna forma de comunicarnos con los demás respetando las normas de distanciamiento. Ofrecer algo que no fuera un objeto, sino un gesto. El gesto de alguien que quiere compartir con otros”, explica.

Enterada de propuestas similares en otros barrios y en otros países, Antonia decidió hacer lo propio junto a sus vecinos. Empezó exhibiendo libros y juguetes, acompañados a veces con un poco de música. Como sabía que Rubén pintaba desde hacía años y que Alejandra hacía unos bordados de película, les habló. “Es difícil decirle a alguien de la nada, ¨¿por qué no exponés un cuadro afuera de tu casa?¨, entonces les mostré otras experiencias del barrio de Almagro, donde estaban haciendo cosas parecidas, y ahí se animaron”.

Hoy en día, si se camina por el pasaje de Antonia mirando al frente, se puede apreciar un árbol lleno de poemas y dos ventanas abiertas de par de en par con libros, dibujos y algunos juguetes. Si se camina mirando al piso, se pueden leer versos escritos con tiza, y una leyenda que dice “¡Levante los ojos!”. Si se levantan los ojos y se mira al cielo, se pueden ver en las rejas de la terraza de Rubén seis pinturas originales, y en las del balcón de Alejandra unos coloridos tapices.

Un pizarrón diferente

En una ventana que se abre sobre Elpidio González, hay una especie de recreo escolar. Láminas para colorear, tizas para pintar la vereda, dibujos y adivinanzas. La creadora de este espacio se llama Liliana Dubkin. Es maestra jardinera y pensaba, ya hace meses, cómo debían estar sufriendo el aislamiento los niños y niñas. “Yo quería darles un lugar distinto, que pudieran salir de las computadoras, y me pareció que abriendo mi ventana y poniendo ahí un poco de lo que hacemos en el aula, era una buena manera”, cuenta.

La docente comenzó a hacer una cartelera con las efemérides patrias y su correspondiente historia asociada. También propuso consignas para hacer máscaras. Lo que comenzó siendo su proyecto fue creciendo y se transformó en una experiencia compartida. Las familias que pasan dejan dibujos, suman adivinanzas y escriben mensajes. Hoy, para Liliana, esa ventana es su legado, lo que le quiere regalar a sus hijos y al barrio.

De ventana a ventana

El día que Antonia pasó por primera vez por la ventana de Liliana, se emocionó. “¡Un alma como la mía!”, dijo, y decidió escribirle una carta. “Cuando fui a dejársela debajo de su puerta, justo la encontré acomodando las pinturas y ahí nos pusimos a hablar”.

Hoy, Antonia y Liliana colaboran mutuamente. Antonia le pinta rayuelas, Liliana le dona libros. Otros santarritenses les piden que les hagan un lugarcito para sumar lo suyo a la exposición o les avisan si la lluvia se llevó los poemas colgados en sus veredas.

Sin embargo, ambas resaltan la necesidad de seguir cuidándose. “Las muestras de esta calle son para los que viven en los alrededores o casualmente pasan por acá. No es un llamado a que la gente venga de otros barrios a verlas. La idea es que las personas puedan hacer lo mismo en sus propias cuadras ”, recalca Antonia.

“Para que un día nos queden unos cuantos recuerdos: decir, estuve, estuve en tal pasión, en tal recodo”, termina el cantor. La melodía va apagándose, el sol poniéndose, las persianas bajándose y el arte guardándose para, al día siguiente, volver a compartirse, de ventana a ventana.

Una ventana con suculentas que respiran un poco de sol santarritense, al lado de un cartel que reza “Si te gustan, podés llevarte una”, en Juan Agustín García. De la tierra al cielo, una rayuela reluce sus nuevos colores en el pasaje Dedico. En frente, sobre Elpidio González, otra hace lo suyo del uno al diez, con una tímida tiza.

Hacia el norte del barrio, se escucha a contraluz a un cantor. “Para que a cada paso una mañana o una emoción o una contrariedad nos reconcilien con la vida pequeña”, mientras el viento mece unos poemas que cuelgan de un árbol vecino. A unas cuadras de allí, un pavo real presume sus plumas de hierro.

Desde marzo de este año, o quizá desde antes, Antonia García lo venía imaginando. Socióloga, editora y traductora, estaba buscando armar experiencias que no tuvieran que ver con las pantallas a las que nos destinó forzosamente el confinamiento. “La idea era encontrar alguna forma de comunicarnos con los demás, respetando las normas de distanciamiento. Ofrecer algo que no fuera un objeto, sino un gesto. El gesto de alguien que quiere compartir con otros”, explica. “Yo sabía de experiencias muy similares en otros barrios y en otros países, que usaban la ventana para exponer, ya fuera un dibujo o un cuadro en su ventana, para que el que pasara por ahí lo pudiera disfrutar”.

Decidió hacer lo mismo junto a sus amigos y vecinos. En su ventana empezó a exhibir libros y juguetes, acompañados a veces con un poco de música. Como sabía que su vecino Rubén pintaba desde hacía años y que su vecina de al lado hacía unos bordados de película, les habló. “Es difícil decirle a alguien de la nada, ¨¿por qué no exponés un cuadro afuera de tu casa?¨, entonces les mostré otras experiencias del barrio de Almagro, donde estaban haciendo cosas parecidas, y ahí se animaron”.

Hoy en día, si se camina por el pasaje de Antonia mirando al frente, se puede apreciar un árbol lleno de poemas y dos ventanas abiertas de par de en par con libros, dibujos y algunos juguetes. Si se camina mirando al piso, en cambio, se pueden leer versos dibujados con tiza, y una leyenda que dice “¡Levante los ojos!”. Si se levantan los ojos y se mira al cielo, se pueden ver en las rejas de la terraza de Rubén seis pinturas originales, y más allá en un balcón unos bordados coloridos. “En general, ponemos siempre todo lo lindo adentro de nuestras casas, en cambio nosotros ahora ponemos algo de eso lindo afuera para los vecinos que van a pasar”, dice Antonia.

A unas cuadras de allí, en otra ventana que se abre sobre Elpidio González, hay una especie de recreo escolar. Láminas para llevarse y colorear, tizas para pintar la vereda, dibujos y adivinanzas. La empezó Liliana, que es maestra jardinera y pensaba, ya hace meses, cómo debían estar sufriendo el aislamiento los niños y niñas. “Yo quería darles un espacio distinto, que pudieran salir de las computadoras, y me pareció que podía abrir mi ventana y poner ahí un poco de lo que hacemos en el aula”, cuenta.

Liliana comenzó a hacer una cartelera con las efemérides patrias y su correspondiente historia. Propuso consignas para hacer máscaras y también invitó a dejarle mensajes a los docentes por el día del maestro. Algo que comenzó siendo su proyecto, fue creciendo y pasó a ser algo compartido. Las familias que pasaban por su ventana dejaban dibujos, sumaban adivinanzas y escribían mensajes. Hoy, para Liliana, esa ventana es su legado, lo que le quiere regalar a sus hijos y al barrio.

El día que Antonia pasó por primera vez por la ventana de Liliana, se emocionó. “¡Un alma como la mía!, dije, y decidí escribirle una carta. Cuando fui a dejársela debajo de su puerta, justo la encontré acomodando las pinturas y ahí nos pusimos a hablar”.

Hoy, Antonia y Liliana colaboran mutuamente. Antonia le pinta rayuelas, Liliana le lleva libros. Y charlan “de ventana a ventana”, como le gusta decir a Liliana. Otros vecinos les piden que le hagan un lugarcito para sumar lo suyo a la exposición o les avisan si la lluvia se llevó los poemas colgados en sus veredas. “No somos un colectivo, somos vecinos que nos hemos encontrado”, explica Antonia.

Sin embargo, ambas resaltan la necesidad de seguir cuidándose. “Las muestras de esta calle son para los que viven en los alrededores o casualmente pasan por acá. No es un llamado a que la gente venga de otros barrios a verlas. La idea es que las personas puedan hacer lo mismo en sus propias cuadras, con sus propios vecinos”, recalca Antonia.

“Para que un día nos queden unos cuantos recuerdos: decir, estuve, estuve en tal pasión, en tal recodo”, termina la canción, el sol se pone, las ventanas van cerrándose y guardando su arte para, al día siguiente, seguir compartiendo de vecino a vecino, de ventana a ventana.

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